- El Director del CIHEAM Zaragoza, Raúl Compés, aborda en este artículo los desafíos asociados a la geopolítica alimentaria y el papel del CIHEAM

Geopolítica, tecnología y cooperación alimentaria. Un artículo de Raúl Compés, Director del CIHEAM Zaragoza.
La geopolítica es el estudio de los efectos de la geografía sobre la política y las relaciones internacionales. La geopolítica tiene actualmente un papel muy relevante en el sistema agroalimentario mundial.
La utilización de la agricultura y los alimentos como herramientas de poder ha sido una constante histórica. Poder dar de comer a la población ha sido siempre un factor de soberanía. Las relaciones con otros países influyen en las políticas alimentarias.
Si un país tiene recursos suficientes para producir los alimentos básicos a un coste reducido puede dejar en segundo plano el comercio internacional e intentar abastecerse por sí mismo. Si, por el contrario, los países vecinos tienen ventajas naturales o de otro tipo en las producciones agrícola y ganadera, comerciar puede ser ventajoso para asegurar la alimentación.
En cualquier caso, en las sociedades modernas, desde el inicio de la Revolución Industrial, cuando se estableció con claridad la división del trabajo entre la agricultura y la industria, los pueblos y las ciudades, la primera función de la agricultura es la de producir alimentos. Durante mucho tiempo, los desafíos más importantes para ello han sido el tecnológico y el geopolítico; en la actualidad, lo son también los factores ambientales y sociales.
Aumentar la superficie cultivada e incrementar los rendimientos son las dos grandes estrategias de crecimiento agrícola. A medida que se van cultivando las mejores tierras, el incremento de la producción sólo puede puede venir por el lado de la productividad. Aumentar los rendimientos es intensificar la actividad productiva, y ello implica utilizar insumos e innovaciones tecnológicas, priorizando las soluciones con los menores efectos ambientales negativos.
Producir alimentos suficientes para alimentar a la población es, especialmente desde Malthus (1798), un desafío global. Hasta ahora, sus tesis se han demostrado equivocadas. En la actualidad, se produce comida para alimentar a toda la población mundial1. Si a pesar de todo el impresionante desarrollo tecnológico agroalimentario desplegado en los dos últimos siglos existe inseguridad alimentaria, la causa son los problemas políticos y su impacto económico. En el plano interno, la mala calidad de la democracia y, en el plano externo, la mala calidad de las relaciones entre países. Pero la historia demuestra que el pasado no explica el futuro, y la epistemología demuestra que la inducción es un mal método científico.
Este esquema no ha cambiado en lo sustancial, aunque los márgenes de mejora son cada vez más estrechos, las restricciones de extensión de la superficie mayores, los costes externos de la producción más significativos y las interdependencias entre países oscilan entre el conflicto y la convivencia.
Las relaciones internacionales son asimétricas y cambiantes, y responden a las hegemonías dominantes en cada momento histórico. En el mundo siempre han existido imperios. Todos los imperios han utilizado su poder de vastos territorios para asegurarse un suministro estable y eficiente de alimentos. Salvando las distancias y los tiempos, así lo hicieron el Imperio romano y el Imperio británico.
Fuera de los imperios, el comercio internacional es la mejor forma de asegurar el abastecimiento de alimentos. Este tipo de comercio está condicionado por las políticas comerciales y otro tipo de intervenciones públicas que también afectan a los intercambios. En el mundo de la producción agrícola y ganadera se han ensayado todos los modelos: desde el libre comercio a la cuasi autarquía, pasando por múltiples herramientas de regulación. En este sector, las políticas mercantilistas o de sustitución de importaciones tienen una eficacia limitada; sin descontar sus efectos a largo plazo, aunque la protección es una tentación inevitable para asegurar la autosuficiencia, al menos de los alimentos básicos.
El comercio internacional funciona si los países no imponen restricciones arbitrarias a los intercambios, no usan la alimentación como arma política ni generan distorsiones en los mercados externos con sus políticas internas. Para ello es necesario que exista un sistema multilateral efectivo, compuesto de reglas previsibles que los países cumplan, y un orden internacional relativamente estable.
Desgraciadamente, a pesar de la Organización Mundial de Comercio, y de los múltiples acuerdos comerciales que existen, estas condiciones están lejos de cumplirse. Esto hace que el papel de la geopolítica y los riesgos asociados en las relaciones internacionales adquieran una importancia crítica.
En estas circunstancias, mientras que la situación no cambie, es inevitable replantearse todas las estrategias de seguridad alimentaria con el fin de reducir los riesgos de la dependencia externa. La cooperación internacional aparece en este escenario como una herramienta especialmente poderosa. Ayudar a los países con mayores necesidades en materia de inseguridad alimentaria y riesgo de crisis es especialmente urgente. La ayuda debe ser asistencial, a corto plazo, pero también estructural, mejorando las capacidades de los países para afrontar sus retos. Es lo que viene haciendo el CIHEAM desde 1962, para los países mediterráneos del sur de Europa y desde los años 80, para los países del norte de África y de Oriente Medio. Y es lo que va a seguir haciendo en los próximos años, intentando ser un actor relevante tanto en el campo del capital humano y la transferencia de conocimiento como en la diplomacia agroalimentaria mediterránea.
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1 Cuando el reverendo T. Malthus publicó su célebre ensayo, la población mundial era de, aproximadamente, 1.000 millones de personas. En la actualidad, supera los 8 mil cien millones; es decir, se ha multiplicado por algo más de ocho en 223 años.
